Hay pocos momentos más gratificantes que los que suceden a la conquista de una cima (Patxitxo)

La afición a caminar me llegó, como casi todo en mi vida, tarde. A medio camino entre los cuarenta y los cincuenta. Reconozco que siempre me habían atraído las montañas, aunque durante años, desde que la adolescencia me alejó de las salidas al campo con la familia, me conformé con verlas desde lejos. Tuve que esperar a dar con una persona afín en casi todos los sentidos, y ávida como yo de experiencias no vividas con anterioridad, para comenzar un idilio que ‘amenaza’ con no tener fecha de caducidad. Ella, Lola, no había tenido contacto con el senderismo ni siquiera de niña. Cuando nos conocimos fui capaz de contagiarle mi afición, apenas esbozada, por el campo y la naturaleza. Nuestras primeras salidas juntos fueron sencillas. En cuanto el terreno se volvía un poco accidentado, su mano buscaba la mía. Suplía la falta de costumbre y de entrenamiento con una tenacidad a prueba de bombas. Urkulu, en el Pirineo navarro, fue nuestra primera cumbre. Podría decirse que nos salió al paso, que lo subimos casi de modo casual. Creo que fue en ese momento cuando a Lola le picó el gusanillo. A partir de entonces ya no se conformaba con hacer diez, doce, quince kilómetros; si no completábamos el paseo haciendo una cima, no se sentía satisfecha. El estreno de sus primeras botas de montaña y el ascenso, meses después, al monte Beriain, que desde el corredor de la Barranca se veía infranqueable, supuso el espaldarazo definitivo. Tras él fueron cayendo las principales cimas navarras (soy de Pamplona), incluido el techo de la Comunidad Foral, la Mesa de los Tres Reyes. Antes habíamos hecho algunos pinitos en Sierra Nevada, con el Mulhacén, y las sierras alicantinas, y posteriormente haríamos un intento de ascender al Teide, que un viento fortísimo y un frío del carajo se encargaron de abortar cuando nos encontrábamos en la estación superior del teleférico. El Pico Viejo fue, curiosamente, nuestro ‘premio de consolación’. Hace un año Lola se vino a vivir a Bilbao, desde Murcia, su ciudad natal. Para entonces ya no necesitaba que nadie le diera la mano… aunque yo a veces lo siga haciendo por recordar viejos tiempos. Ello, su mudanza al norte, nos ha permitido salir con mucha mayor asiduidad al monte, hasta el punto de que a estas alturas creemos conocer Bizkaia mejor que muchos vizcaínos. Lo de “a estas alturas” no lo digo por decir; juraría que no hay mejor modo de conocer un territorio que contemplarlo desde sus puntos más prominentes. Pero, aun siendo la montaña vizcaína preciosa, nos declaramos especialmente enamorados del Pirineo. El valle de Nuria, en Girona, Aigüestortes en Lleida, el circo de Gavarnie en Hautes-Pyrénées, los cañones de Ordesa (donde hicimos nuestra primera, hasta el momento, travesía de montaña) en Huesca… y nuestro, hoy por hoy, rincón favorito: los vallecitos de Belagua, en Navarra, y Linza, en Huesca. ¿Qué nos da el monte a Lola y a mí? Por un lado, nos estimula. Representa un reto físico que cobra especial importancia por el hecho, ya comentado, de que ambos nos metimos ya mocitos en esto de salvar desniveles. También nos relaja. Hay pocos momentos más gratificantes que los que suceden a la conquista de una cima… siempre que las condiciones meteorológicas lo permitan, claro. Ese ratico tumbados en la hierba, con el bocadillo de tortilla de patatas en la mano… no tiene precio. Si el tiempo no apremia y estamos solos en la cumbre, nuestras mentes desconectan. Sé que es una expresión muy manida… pero nos sentimos por completo ajenos al mundo. A sus ruidos, a sus problemas y preocupaciones. Nunca he probado una cámara hiperbárica, pero la sensación no puede ser muy diferente. ¿Por qué nos atrae el monte? En realidad podía haberme ahorrado todas las palabras anteriores. Porque la respuesta es tan sencilla como que nos hace sentir bien. Muy bien.