Caminando a través de la vibración del sonido.

Este camino lo hice tumbada sobre una alfombrilla de esas aislantes. ¿Tumbada? Sí, sí, tumbada. El viaje comenzó con un sonido de campanitas. A partir de ahí ya sonreí, sabiendo que poco a poco iba a sumirme en un precioso sendero de vibraciones y sensaciones. La sucesión de sonidos de cuencos tibetanos, de cuarzo y otros instrumentos, siguiendo un orden perfecto, producían una vibración que iba sintiendo cómo iba invadiendo mi cuerpo y mi mente sin pretenderlo. Al cabo de no sé cuánto tiempo ya perdí la percepción de mi cuerpo físico, la vibración lo inundaba todo.

Uno de los mejores momentos llegó con el sonido de los cuencos de cuarzo. Una sensación de irrealidad invadió mi mente. Mi camino se detuvo, en el absoluto presente, abandonándome a esa potentísima sensación de ser/no ser. A esa grandísima vibración que me transportó a lo más hondo de mi misma. A la nada y al todo más absoluto.

Cuando los cuencos de cuarzo cesaron en su vibración, continué mi camino sintiendo cada sonido de  otros instrumentos, dejando que cada onda penetrase en cada célula de mi cuerpo, ese supuesto cuerpo que estaba tumbado sobre la esterilla, pero que ya no sentía hacía tiempo.

Otro momento en el que detuve mis pasos, fue cuando sonó el tambor… tambor chamánico. Para mi es un sonido muy poderoso. La vibración de ese tambor me liga con la madre tierra. Veo las montañas, las siento. Me hizo reconectar con la esencia de lo que somos, con los prados, con el mar, con el cielo, con los árboles, con todo lo vivo. Podía oler la tierra fresca. Sí, era capaz de percibir su aroma. Tenía una sensación extraña de euforia y movimiento acelerado muy placentero; una fuerza que, si hubiese estado en la montaña, me hubiese obligado a salir corriendo descalza en dirección a ninguna parte.

Con el sonido del Gong tuve otro momento de detención del camino, sentí un placer especial, una sensación suave que me entraba dentro como cuando se filtra el agua en la arena y finalmente termina empapada… una sensación sutilmente poderosa, y embriagadora a más no poder. Podría definirlo como una música celestial. El Gong es mágico.

Finalmente el concierto terminó y era hora de regresar, incorporarme, recoger la esterilla y marcharme a casa… pero agradecida por haber tenido oportunidad de darme ese paseo por el interior de mi misma y conectar, igual que cuando camino por las montañas, con la paz y la esencia de mis pasos internos.

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No es la primera vez que tengo esas sensaciones, practicaba meditación cuando era niña y lo sigo haciendo a veces. He asistido en otras ocasiones a conciertos de cuencos. Lo hago por el placer que me provoca. Por las sensaciones que experimento. Porque me hace sentir bien. Porque me hace salir de la rutina diaria y conectar con esa otra realidad que suelo echar tanto de menos. En este camino por la vibración me dio por reflexionar sobre nuestra realidad. Sobre cómo cada uno vemos las cosas de diferente manera, sentimos diferente. Una actividad que a uno le emociona, a otro le da miedo, a otro le divierte y a otro le puede no afectar en absoluto. Cada uno somos un mundo. Cada uno tenemos una realidad o más bien, creamos nuestra realidad. Y tenemos realidades diferentes, que experimentamos según el contexto donde nos movemos o lo que hacemos o según nuestro estado de ánimo o nuestro estado mental. Pero en esencia, nos guste o no, estamos hechos de los mismos materiales, venimos del mismo lugar  y pertenecemos al mismo universo; por lo tanto, todos estamos conectados de alguna manera.

Cuando tenemos la gran suerte de experimentar varias realidades de uno mismo con sensaciones tan poderosas y diferentes como las que proporciona (por lo menos a mi y sé que no soy la única) la vibración del sonido, nos planteamos por qué no intentar crear una realidad de bienestar continuo para cada uno de nosotros. ¿? Sin necesidad de consumir ninguna droga ni sustancia que altere la conciencia, soy capaz de experimentar estados de bienestar máximos, simplemente dejando que el sonido entre, dejando que el pensamiento sea libre, dejando que mis pasos internos no tengan un rumbo fijo. ¿Por qué no intentar que esa realidad de bienestar esté siempre presente en nuestro presente?