“no dejaré de acudir a la montaña, porque de ella he recibido cosas que nada ni nadie me ha podido dar y que solo ella puede hacerlo” (Iñaki)

Me llamo Iñaki, soy de Getxo, Bizkaia y también camino por placer, aunque viviendo aqui, eso lo tengo fácil.

Actualmente, tengo 55 años y llevo haciendo esto de recorrer montes, creo que desde siempre, pero sobre todo, desde que me di cuenta que con 28 años, la vida no podía ser tan triste, como en ese momento sucedía.

Desde entonces, hasta ahora, salvo ciertos parones, no he dejado acudir a la montaña (para mi, tiene mucho de mujer), porque se que ella, siempre está allí. Da igual que vaya alegre o triste, cansado o pletórico, siempre se acopla a mí.

Ando, escalo, barranqueo, esquio, … , ando por sitios altos y bajos, escarpados y lisos, campas o rocas y siempre me resulta excitante y reconfortante.

Andar y esforzarme al hacerlo, me genera autoconfianza. Cuando el esfuerzo es elevado, la adrenaliza generada hace que mi cuerpo se sienta capaz de cualquier cosa. Al aumentar ese nivel, también aumenta el nivel de serotonina, con lo cual, mejora mi sueño, mi apetito y el deseo sexual, asi que lo sentido, también me genera oxitocinas y endorfinas (placer). ¿Quien da más?.

Andando he conocido gente maravillosa, con la que he compartido y con algunas comparto, parte de mi vida y con la que no lo era tanto, también andando, me he alejado de ella.

Hago ilusionantes planes, que en algunos casos no se realizan, pero que por el simple hecho de hacerlos, refuerzan todo lo anteriormente dicho.

Este mismo verano, he realizado, con una amiga, la vuelta a Andorra de siete días (nosotros en seis) y a pesar de lo dura, o quizás por eso también, y de lo mal indicado que estaba el recorrido, ha sido espectacular, apasionante y excitante. Hemos jurado en varios idiomas, y a la vez hemos reído a carcajadas, pero nos ha permitido hablar lárgamente mientras andábamos, admirar los paisajes por los que transitábamos y disfrutar de mirar a largas distancias, con lo cual nuestra visión y con ello el cerebro, acostrumbrado a mirar siempre de cerca el resto de los días, se relajaba. Hemos acabado reventados, pero felices. Ya se que para alguien que no ha pasado por esto, es muy difícil de entender, Pero le diría que lo pruebe, aunque soy consciente de que no todo el mundo está dispuesto a pasar por ello.

No creo que nunca deje de andar, porque el ser humano, todavía es nómada. Lo que pasa es que las costumbres se han vuelto sedentarias. Y sobre todo no dejaré de acudir a la montaña, porque de ella he recibido cosas que nada ni nadie me ha podido dar y que solo ella puede hacerlo.

Un beso: Iñaki