Cómo conocí a mi peregrino y actual compañero de vida. Amor en el camino. (V)

Gijón… el mar… comenzamos frescos caminando y seguíamos conociéndonos, hablando… ¿cómo es posible que dos personas tengan tanto que contarse? Hablar y escuchar al otro día tras día, caminando solos, en nuestra burbuja durante tantas horas… dar rienda suelta a nuestro amor, a nuestros instintos, sentir la libertad absoluta, nuestro único objetivo era caminar, viviendo el presente , reconectando con la esencia de lo que somos a cada paso, dejando fluir la magia. (Quien quiera detalles morbosos que se lea una novela erótica jaja!). Así hasta que iban quedando pocos kilómetros para Santiago… recuerdo la noche que dormimos en Arzúa, ya camino Francés otra vez… esa noche no dormí bien, sentía la necesidad de seguir caminando hasta Santiago, estaba metida en el saco, pero mi mente caminaba y caminaba sin parar, era como un pensamiento obsesivo. Me sentía desproporcionadamente eufórica. Por fin amaneció, desayunamos y nos pusimos rumbo hasta donde nuestros cuerpos aguantasen, tranquilamente, como siempre… paseando. Con nuestros descansos, sin estress. Llegamos a Monte do Gozo…. pero allá abajo estaba Santiago. “¿Un poco más y llegamos a la Plaza Obradoiro de noche?” “Venga sí!” Total, los 40 km desde Arzúa son planos, y no hay mucho que ver… la entrada a la ciudad de Santiago es horrible y cuanto antes lleguemos mejor! Teníamos fuerzas y ganas para llegar de noche a Santiago y así lo hicimos. Desde que entramos en la ciudad hasta que llegamos a la Catedral se hizo eterno y tedioso… y una vez en la Plaza… Pues una vez en la Plaza no sé como describirlo. No hubo lágrimas de emoción. No hubo demasiada sensación de victoria por parte de ninguno de los dos. “–Ya estamos aquí, ¿y ahora qué?” Es lo único que se me ocurrió. Es lo único que sentí. Otra vez en Santiago… ¿y qué? Me dio un bajón de moral importante. Estuvimos conversando un buen rato tirados en el suelo, en mitad de la noche en la Plaza, con la Catedral de testigo, observadora silenciosa de nuestras sensaciones. Nos pusimos a hablar de nuestro camino, y lo peor… nos pusimos a hablar de nuestro posible futuro… Llegar a Santiago fue como una sacudida de “realidad” que te avisa de que, lo que estábamos viviendo, podría tratarse simplemente de un maravilloso sueño rodeado de magia y alineaciones (y alienaciones) de planetas para que todo fuese absolutamente perfecto. Pero esa burbuja podría explotar al salir del contexto maravilloso del camino. Al menos ese era mi temor y tal vez por eso me sentí algo frustrada al llegar a Santiago. Allí, tirados en el suelo, delante de la catedral hicimos un pacto, un trato: Intentaríamos seguir con nuestro camino juntos en el contexto de la vida real. Fuera del Camino de Santiago. Mi compañero estaba más convencido de eso que yo. Para él era su primer camino, pero yo había caminado mucho, y mis sensaciones cuando camino no son las mismas que mis sensaciones en un día rutinario en la ciudad donde vivo. Para mi no tiene nada que ver, incluso a veces creo que no soy la misma persona cuando camino que un día “normal” de una jornada laboral, por ejemplo; por eso desconfiaba un poco de mis propias sensaciones y sentimientos cuando volviese a Valencia. Pero bueno, al menos intentarlo y si funciona bien y si no… pues siempre nos quedaría el recuerdo del camino. Nos fuimos a dormir con la tranquilidad de ese pacto. Al día siguiente seguíamos el camino hacía Finisterre!

Santiago-Negreira-Olveiroa-Muxía y por fin: Finisterre. Desde Santiago a Finisterre mis sensaciones fueron distintas, fue como una tercera etapa en este Camino del Amor. Seguía intentando vivir el presente, pero no tenía ganas de llegar a Finisterre por lo que ello significaría: el auténtico final del camino. Y no sabía cómo iba a afrontarlo. Me hubiese gustado quedarme eternamente como una peregrina errante dando vueltas, caminando sin parar sin llegar nunca al final, acompañada de mi maravilloso peregrino.

Las sensaciones de los casi 30 días que llevábamos de camino se amontonaban en mi cabeza y el miedo al final se iba apoderando a ratos de mi. Me daba fuerzas a mi misma acordándome de que mis miedos se habían quedado hacía tiempo en la estación de autobuses de Valencia.

La llegada a Fisterra y final del camino os cuento cómo fue en otro post…
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One Comment

  1. Oscar Horacio Gagniére

    Bien, espero el final para comentar y preguntar, por ahora me parece una hermosa historia de peregrinos. La que a muchos nos gustaría vivir.

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