Cómo conocí a mi peregrino y actual compañero de vida. Amor en el camino. (IV)

Seguimos caminando, conociéndonos, muchas horas para caminar, para hablar de nosotros y de otros. De nuestros miedos, de nuestras ilusiones, de nuestras vidas. De todo, de absolutamente todo… después de Izco, el siguiente punto ya era Puente la Reina de Navarra. Ahí tendríamos que tomar alguna decisión. Yo seguía firme en mi convicción de no seguir por el camino Francés. Estuvimos también hablando de ello. Queríamos terminar el camino juntos. Queríamos llegar a Finisterre juntos. Cuando faltaban unos 5 km para llegar a Puente la Reina o alguno más, no recuerdo… fui yo la que empecé a encontrarme mal. Era una sensación que ya había sufrido una vez en una caminata… un golpe de calor. Me asusté mucho. Maldito calor… empezó a dolerme la cabeza, la barriga… y por allí no había ni un alma… nadie… recuerdo que íbamos por asfalto, encima eso… fatal. Íbamos solos por la nada más absoluta y creo que empecé a tener temblores. Sí, era un golpe de calor. Empecé a sentir dentro de mi la desesperanza, sabía que aquello podría terminar fatal… no quería alarmar a mi compañero, quería ver si llegábamos a algún pueblo y coger un autobús o llamar a un taxi o si la cosa empeoraba demasiado, llamar al 112. Me sentí impotente, muy mal, fatal. Cuando ya parecía que todo iba a terminar en desastre y yo ya me imaginaba en el hospital y fastidiándole a mi compañero el camino, apareció un ángel. Era un ángel e iba en coche, con su familia. Lo paramos y le preguntamos y nos explicó que el último autobús del siguiente pueblo (no recuerdo el nombre) ya había salido… no había forma de llegar a puente la Reina si no era andando… (o con las opciones de taxi o el 112), mi compañero le dio las gracias por la información, yo creo que eso era lo último que quise oír. El coche se marchó, yo me hundí moralmente. Me encontraba fatal… al poco tiempo volvió a aparecer el coche, el chico había dejado a su familia en no sé dónde y se volvió para llevarnos en coche a Puente la Reina. Yo no pude más y me puse a llorar, me pasé el trayecto en coche llorando. “Eres un ángel, gracias” sólo pude decirle. Mi compañero fue el que le dio conversación.

Puente la Reina estaba lleno de peregrinos, parecía que estaban todos de fiesta. Había furgonetas que los cargaba y descargaba… aquello ya era el Camino Francés, tal y como me lo habían contado. Mi compañero alucinó con la masificación, pues llevábamos varios días sin ver a casi nadie, y cuando había peregrinos en los albergues nos alojaban solos… todo muy raro. En puente la Reina tomamos un refresco, yo me serené y cogí energía para continuar en autobús hasta Pamplona. Y de Pamplona iríamos a País Vasco a visitar a un amigo que vive en un caserío y de ahí tomaríamos un autobús a Gijón para continuar hasta Finisterre por el camino del Norte. Esa fue nuestra decisión. Tras un parón de dos días (una noche en Pamplona y otra noche en el caserío del País Vasco), mi compañero se compró unas zapatillas, aunque el daño ya estaba hecho y acabó perdiendo las uñas de los pies y las ampollas ya eran infinitas. Envió las botas de montaña por correo a Valencia. Yo me recuperé del golpe de calor. En Gijón comenzamos a caminar de nuevo, con energías renovadas. Fue como una segunda etapa en nuestro camino de amor particular… (Continuará… llegada a Santiago en el siguiente post)

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