“Lo abstracto del destino libera porque no hay un lugar al cual debas de llegar” (por Viaja o Revienta)

Cuando camino por el lecho de un largo y pronunciado barranco repleto de sabinas centenarias en pleno corazón del Alto Atlas en Marruecos, llego, ayudado también por el sol, el calor y el entorno, a un estado animal que reconforta cuerpo y mente. El tener que fijarme durante horas en donde poner el próximo paso hace que mis pensamientos se reduzcan a eso, como en una especie de meditación. Si además añado a mi cabeza el estribillo de alguna canción, a modo de mantra, mi cerebro cada vez piensa menos y sólo importa este barranco y yo. Y es que me cuesta arrancar, pero cuando el cuerpo se calienta ya me encuentro bien, después, con las horas, viene el cansancio, pero sé que si paso esa etapa de agotamiento, volveré a entrar en un estado casi eufórico en el cual te sientes casi imparable. No tener un objetivo ayuda, sé que hoy no terminará el viaje, no sé donde dormiré, no llevo mapa. Lo abstracto del destino libera porque no hay un lugar al cual debas de llegar. Caminar solo es más que aconsejable para llegar a este estado. Con un compañero no lo conseguiría, él estaría pendiente de mí, y viceversa. Hace falta concentración en el paso y en el paisaje, poder pensar lo que quieras dejando que tus pensamientos vuelen libres, hasta que poco a poco se van reduciendo. El ritmo y la cadencia de un caminante de larga distancia es propicio a tales ensoñaciones, caminar consigue despejar mi mente mediante la concentración en el camino y el cansancio del cuerpo, siento la fatiga pero me encuentro casi eufórico. Tal vez por ello, los locos, especialmente aquí en Marruecos, lo que hacen es echarse a andar. Se les puede ver por los arcenes de carreteras y caminos andando con la mirada perdida, una manta bajo el brazo y toda la mugre de quien no se bañó en los últimos años. Recorren el país de un lado a otro porque así se sienten mucho mejor que quedándose quietos. Y yo hago lo mismo.

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